una entrevista,
la única que ha otorgado en
su vida a un periodista español.
Durante dos horas conversamos de la importancia
del petróleo
y de cuales eran sus proyectos en el momento que accediera al
trono. Su preocupación, me dijo, era aprovechar la enorme
riqueza del petróleo para modernizar su país, invirtiendo
en infraestructuras básicas, cosa que así ha hecho,
construyendo uno de los más grandes aeropuertos del mundo,
el de Jedda, autopistas, edificios emblemáticos e instalaciones
deportivas. Y también que Marbella le gustaba mucho porque
consideraba que esta era una tierra bendecida por Alá. “Me
gustaría poder hacer una donación importante a
esta ciudad-me dijo- a ser posible un gran hospital”. No se preocupe,
le contesté, que mañana traigo al alcalde
de la ciudad para que lo visite.
Efectivamente, Alfonso Cañas, el primer alcalde de la
Democracia en Marbella, se alegró de la noticia y junto
con su secretario, Lucas Cañizares, nos sentamos a conversar
con el que luego sería Rey de Arabia. “Un hospital ya
no nos hace tanta falta, porque acabamos de inaugurar la Clínica
Marbella que está dotada como un hospital. Nuestra necesidad,
Alteza- le dijo Alfonso Cañas-, es de viviendas sociales.
Aquí hay grandes mansiones, pero faltan viviendas
para los trabajadores.”
Fahad accedió al cambio y prometió al alcalde
2 millones de dólares para hacer 100 viviendas en Marbella
y San Pedro. Pocos días después me llamaban a mí de
la Embajada en Madrid para que dijera al alcalde que ya estaba
el cheque con los dos millones de dólares, en cuya entrega
ocurrió un hecho que siempre destaco: El embajador salió con
un cheque al portador por 2 millones de dólares y Cañas,
se escandalizó: “no, no, al portador, no”. El embajador
volvió al interior y salió con nuevo cheque: a
nombre de Alfonso Cañas Nogueras. “no, no, señor
embajador, tiene que ser a nombre del M.I. Ayuntamiento de Marbella”.
La verdad es que yo nunca volví a saber nada de aquel
cheque, aunque me han hablado de sabrosos extratipos en el Banco
Andalucía en la época de Paco Leyton y Paco Merchán,
durante los largos meses en que allí estuvo depositado.
Ni tampoco se acordaron de mi en aquella larga lista de personas
que habían de adjudicar las viviendas.
A raíz de aquella entrevista yo acudía cada día
a Incosol para preguntar al príncipe Fahad como lo iba
pasando en Marbella. En uno de los sofás del hall estaba
cada tarde sentado un arquitecto que se había venido de
Marruecos. Ramblas me pidió ayuda: “Sr. Yagüe usted
que tiene tanta amistad., porque no me presenta al príncipe
que le quiero proponer el diseño de un Palacio”. Efectivamente
así fue y Ramblas construyó el Palacio Mar Mar,
una réplica de la Casa Blanca americana. La verdad es
que este hombre me estuvo eternamente agradecido, sobre todo
cuando rehusé el regalo que quería hacerme, pero
allá donde me viera, no me dejaba pagar ni una comida
ni una cerveza.
En aquel primer desembarco del príncipe Fahad en Marbella,
la embajada envió a un sirio que hablaba perfectamente
español, llamado Eyad Kayali, quien enseguida se hizo
cargo de las relaciones externas. En Incosol conocí también
a Colón de Carvajal que traía un Rolls Royce beige
del Rey Juan Carlos para ponerlo al servicio de Fahad. Todo el
interés era agradar al príncipe heredero saudí.
Como
anécdota diré que el día de la despedida
el príncipe comenzó a repartir propinas “a pellizco”.
Llevaba una especie de caja de zapatos donde encajaban perfectamente
los billetes grandes de mil pesetas, en paquetitos de cinco.
A los consejeres, un pellizco a la cajita, saliera lo que saliera,
sin contar. A las telefonistas, camareros, etc. etc. Yo veía
como en un momento se vaciaban las cajas y se abrían otras.
Tengo que confesar que a mí no me llegó ningún
pellizco, aunque siempre estaré muy agradecido de la amistad
con Fahad. En viajes posteriores, siendo ya Rey, el embajador
Bachir Kurdi me llamaba para porder estar al pie de escalerilla
en el recibimiento. “My old friend”, me decía el
Rey.
Cuando
me explicaba cómo era Arabia Saudí y cómo
la quería transformar surgió la invitación
para visitarle. Con su hermano el príncipe Salman, también
amigo, se me pidió que organizase un viaje institucional
de Marbella para visitar a Fahad y Salman en su Palacio. Preparé con
el presidente de la compañía aérea Saudia
el viaje con el alcalde y uno de los concejales de cada partido
en la Corporación. Fue aquel viaje célebre en el
que se regaló a Alfonso Cañas la espada de oro
y diamantes. En la tarde del 5 de enero, los responsables del
protocolo del Palacio Real se presentaron en el hotel de Riyadh
donde nos alojábamos con unos sacos, de los que empezaron
a salir relojes de oro y brillantes, pisacorbatas y gemelos de
oro con el escudo saudí y otros regalos de gran valor.
Estábamos en Oriente y el Rey nos hacía el regalo.
A mí me entregó un Baume Mercier, de oro y brillantes
valorado en 10.000 dólares y otros objetos, que dejé depositados
en la caja fuerte del Banco Andalucía que meses después
desvalijaban los italianos.
A partir de entonces Fahad se volcó con Marbella, a pesar
de una tremenda campaña de algún periódico
de Málaga que criticaba y atacaba su presencia, diciendo
que el aeropuerto malagueño se encontraba colapsado por
su culpa, ya que además del Jumbo real y de la flota que
transportaba los vehículos blindados, ministros y dignatarios
de todo el mundo no cesaban de volar a Málaga para
visitarle.
Tras
un lapso de tiempo en el que decidió no venir a
Marbella ante tal campaña, de nuevo se animó a
venir y se hicieron preparativos para ello.
El embajador Bachir
Kurdi me llamó para pedirme información
sobre el Hospital Costa del Sol y si estaba convenientemente
equipado. Contacté con el jefe de Endoscopia y Digestivo
del centro hospitalario y llevé al embajador a realizar
una visita al centro, concretando propiciando esa mañana
la aportación de una valiosa donación del
Rey Fahad.
La
gran inversión la realizó el Rey de Arabia
antes de su última visita, truncada por la invasión
de Iraq. Mandó ampliar el Palacio dotándolo
de una capacidad de alojamiento de hasta 3.000 plazas,
a fin de poder albergar su guardia personal y dignatarios
de su palacio en Riyadh
Texto José Luis Yagüe
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